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Opinión - 29/06/2015
"Demolición de la quimera". Juan Alcaide
Autor:
Juan Alcaide Rubio

Pues sí, paisanos, terminó ocurriendo lo temido. Al final llegó la cogida a la que, trágicamente, estábamos predestinados. La herida es profunda y doblemente dolorosa, dos veces lacerante: por el tamaño de la clavada y porque, a pesar de estar avisados, nadie ha podido evitarla.

La puñalada, con nombre de ave sagrada que perdiera la “s” final en la última migración, ha venido con retraso y por la espalda, y ha certificado con su sello —ARCA: IBI— la defunción  de una quimera.

Perdonen que haga un inciso antes de seguir con este panfleto jeremíaco y permítanme pedir disculpas a todos los cernudianos y a los que, como el que escribe, admiran al genial poeta sevillano por usar y pervertir aquel maravilloso título de una "Desolación de la quimera" para titular un artículo que viene a llorar unas penas tan alejadas de aquella poesía verdadera.

Pero, solicitado el perdón, hay que contar que, después de todo lo vivido y leído desde las últimas elecciones municipales, y, sobre todo, desde que el 13 de junio volviera a ser elegido alcalde nuestro vecino Gutiérrez Limones,  parece como si aquel título desolador flotara entre los mares de tinta vertidos en las líneas de opinión, en la saliva de las charlas de café y en el aire que envuelve cada discusión en corrillo, como una música de fondo interminable y pegadiza.

El caso es que, conocido el resultado de las elecciones del 24 de mayo, el pueblo parecía, poco menos, que  se lanzaba a sacudir el polvo a los balcones para llenarlos de banderas y estandartes con un solo emblema: “¡Fin del Limonato!”. Y un maremágnum de negociaciones, de idas de venidas, de llamadas y comunicados, se puso en marcha tras la persecución de un sueño que se presentaba al alcance de la mano. En medio de la arrolladora corriente que nos arrastraba inevitablemente a la quimera, ya se coloreaba en el aire el brillo de un nuevo ayuntamiento de ventanas abiertas y puertas de cristal.

Llegados a este punto, vuela el pensamiento hasta nuestro eternizado alcalde y hasta su pensamiento en los días previos al pleno de investidura, y lo imagino y lo recreo parafraseando osadamente aquellos versos disparados por Cernuda a sus paisanos:

No me queréis, lo sé, y que os molesta
Cuanto hice y deshago. Y que os ofende.
¿Culpa mía tal vez o es de vosotros?
Porque no es el alcalde y su leyenda
Lo que ahí, allegados a mí, atrás os vuelve.

¿Mi leyenda dije? Tristes cuentos
Inventados de mí por cuatro amigos
(¿Amigos?), que jamás quisisteis
Ni ocasión buscasteis de ver si acomodaban
A la persona misma así traspuesta.
Mas vuestra mala fe los ha aceptado.
Hecha está la leyenda, y vosotros, de mí desconocidos,
Respecto al ser que encubre mintiendo doblemente,
Sin otro escrúpulo, a vuestra vez la propaláis.

Contra vosotros y esa vuestra campaña voluntaria,
Vivo aún, sé y puedo, si así quiero, defenderme.

Mas sabed que, después de tantos años,
A vuestros críticos de hoy ya ni los leo. 

Pero hete aquí  que la realidad ha venido a poner a cada uno en su sitio y la quimera ha terminado por ser demolida por los mismos que se encargaron de hacernos pensar que era la única salida posible. Ellos solitos han derruido el castillo de naipes; unos, los nuevos partidos políticos que aparecieron como una fresca y necesaria alternativa a los partidos de siempre, deseados por muchos, no han podido debutar de manera más decepcionante. Otros, los viejos partidos, los de siempre, han mantenido, por lo menos, la seriedad que requería el caso, pero han sucumbido a servidumbres y prejuicios obsoletos.

Aquéllos han hecho el ridículo: bien demostrando que ni siquiera saben cómo han llegado hasta ahí, caso de Ciudadanos, cuya candidata rehúsa intervenir en el pleno de investidura como el niño inmaduro elude la pizarra en la escuela —toda una declaración de intenciones—; bien atestiguando que lo que no saben es adónde han llegado, caso de Podemos —o Alcalá Puede o como quiera que se llame y lo que sea ese grupo seudoasambleario, desorganizado y, al parecer, manipulado— que pretende saltarse las normas de juego tal los cafres se saltan las de convivencia por hacer la gracia.

Mientras éstos, los de siempre, han dilapidado de un plumazo toda su credibilidad como oposición para los próximos veinte años: bien por trabas jerárquicas, bien por lealtades e ideales tan antiguos como inservibles, o bien por puro canguelo; reconociéndose, por tanto, incapacitados para coger el timón de un barco que les sobrepasa.

Dicho lo cual, en el sillón de Alcalde no está nadie más que quien se lo ha ganado. Todo lo demás es literatura. Y ya puestos, me vuelvo a imaginar al Excelentísimo Señor rubricando la demolición de esta quimera con el chasquido de dos dedos de su mano izquierda,  mientras sostiene el bastón de mando con la otra:

"Niño, ese IBI,  ya puedes enviarles la estocada a mis paisanos; y que les aproveche lo pactado, y lo abortado".

 

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