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Opinión - 11/09/2015
"Elogio de la finura". Juan Alcaide
Autor:
Juan Alcaide Rubio

Siempre ha sido morena más allá de su velo blanco. Pero su morenez es impura, mestiza; lo prueban esos reflejos dorados que, como vetas caprichosas entre la escarcha, adornan su imagen juguetonamente. Siempre delgada, liviana y fina, muy fina, de una fragilidad tal que el bronce de su piel se te resquebrajaría en las manos si, en vez de acariciarla, pretendieses agarrarla como si te perteneciera. Ya debes saber que no, que no te pertenece a ti; tampoco a mí, pues, aunque es de todos, no pertenece a nadie.

Ha sabido moverse siempre discretamente, como queriendo disimular sus encantos. Humilde y servicial, ha aparecido sólo cuando se le esperaba, sabiendo esfumarse justo a tiempo y sin avisar, sin dejar rastro ni mancha alguna; cuando se va, lo hace sin despedirse, dando por hecho, con ello, que volverá.

Muchos la conocemos de siempre y hemos dispuesto de ella a nuestro antojo, sin darle mayor importancia a su compañía, entendiendo su lealtad casi como ley natural, como la presencia infalible de una madre en el momento justo. Sabe que somos antojadizos y no nos falla, a pesar de que, cuando la tenemos delante, se nos olvide recordarle que la queremos. Y así, sin pretenderlo, hemos ido envileciendo su riqueza, más por descuido que por falta de aprecio.

— ¡Oh, compañera!, ¿pues no sabes ya que se te quiere? Si lo saben todos, lo que pasa es que no lo pregonamos. No hace falta, ¿no? ¿O sí?

Como tantas veces, pensábamos que no hacía falta mimarla. Hemos tenido que verla en otras manos, lejos de nosotros, deshaciéndose en otros labios, para gritar que es nuestra y recordarle lo que la amamos. Y han tenido que ser unos valientes, los osados que, al final, siempre cambian las cosas, los que la han levantado para que vuele y se expanda hasta alcanzar su verdadero valor.

Por esos valientes bien nacidos la hemos visto más guapa que nunca, más elegante, más grácil y delicada, y hasta más sutil y casi etérea. La hemos visto presumir, crecerse y salir —de la mano de audaces paisanos— para endulzar paladares de otras tierras y perfumar otros cielos. Y se nos ha hecho la boca agua viéndola viajar de allí para allá mientras aquí, a medio camino entre el orgullo y los celos, nos abanicábamos con el cartón de su envoltura.

Hasta las antípodas de nuestro albero ha llegado para aromar de canela parte de Australia y Tailandia; le ha devuelto sabores a América llevando su azúcar a Guatemala y su harina hasta Nueva York; ha refrescado el aire de la vieja Europa, desde las cimas alpinas hasta el nivel del mar en Lisboa, esparciendo matalauva en París, clavo en Berlín, ajonjolí en Escocia, limón en Bruselas y manteca en Lyon;  y en España, península fecunda en sabores, se ha repartido exultante por toda su geografía, impregnando de gusto confitero desde Ayamonte hasta el Golfo de Rosas.

Y tras su explosión, ya estarán aprendiendo a quererla más allá de su tierra, y a valorar el trabajo artesano y experto de las manos que han amasado desde siempre su finura. Bien está, aunque hayamos tenido que compartirla con otros, que, ahora, empecemos a cuidarla como se merece: la oblea más refinada, la torta más rica de Europa, nuestra Torta de Alcalá.

Bravo por ella, por todos los que la han hecho viajar, por los siete magníficos (cinco confiterías y dos panificadoras) que se han unido para hacerla crecer y por todos los implicados en una campaña tan brillante y acertada como justa y necesaria.

Golosos paisanos, no olvidemos nunca el elogio cuando es merecido: ¡Por las tortas de Alcalá y por su finura!

Término febrero 2017 con foto de la librería

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