
El conferenciante fue presentado por el Profesor alcalareño, Javier Jiménez, miembro del Foro, quien ya avanzaba en su presentación que en este año se conmemora el primer Centenario de la Primera Guerra Mundial, acontecimiento que marca un antes y un después en el devenir histórico, como la Segunda Guerra Mundial o la Revolución Francesa. Un mundo determinado llega a su fin y comienza otro distinto, aunque es verdad que la Europa actual es una Europa que arranca de la 2ª Guerra Mundial. El final de la Gran Guerra inicialmente supone un triunfo de la democracia, hay un aumento de la participación. La paradoja es que ese aumento de la participación al final va a desembocar en experiencias políticas radicales que eliminan la propia democracia y libertades. Si se realiza una transposición de los acontecimientos de los años veinte a la época actual hay una demanda de participación popular, pero al mismo tiempo la aparición de propuestas que pueden ser dudosamente democráticas.
El profesor Parejo, efectivamente puso de manifestó que las terribles consecuencias (millones de muertos) de la primera Guerra Mundial supuso un punto de inflexión, en el que aparece un mundo totalmente diferente. La Europa de 1900 se parece más a la de 1800, que la de 1920 a la de 1910. En la Segunda Guerra Mundial lo que estuvo en juego fue un cambio de civilización que traían de la mano las organizaciones fascistas y que estuvo a punto de triunfar en una coyuntura muy importante, la de mayo de 1940. Los europeos de hoy somos herederos de la Segunda Guerra Mundial, pero hay aspectos y consecuencias de la Primera Guerra Mundial que están de vuelta en la Europa de nuestros días. La Gran Guerra puso fin a un mundo seguro, optimista, los europeos eran conscientes de que controlaban el mundo. Este mundo acaba, la angustia, decadencia, pérdida, abre la puerta a una época de incertidumbre. En el período de entreguerras, los fascismos piensan que la política, la democracia, es un quiste que debe ser extirpado, así lo presentan las organizaciones de extrema izquierda y de extrema derecha. Cuando en el ámbito político y social de un país aparecen escandalosas injusticias sociales, cuando amplias capas de la población están sometidas a una explotación y abandono social y no hay ningún tipo de reacción por parte de la clase política, surgen movimientos de extrema izquierda radicales, profundamente antiliberales. Y cuando la política se ve asaltada por escándalos de corrupción, por un descrédito generalizado, por la falta de confianza en los políticos, se produce el ascenso de la extrema derecha. Esto es lo que tenemos en el período de entreguerras, en un contexto en el que tras la Primera Guerra Mundial se ha abierto la puerta a la democracia, a la participación, la política de masas. El período 1919-1939, es un periodo de crisis económica sin fin, con alta tasas de inflación, desempleo, recortes salariales, empobrecimiento, descontento generalizado, desesperación, en una época en la que no existía protección social y un parado literalmente se moría de hambre. Esto fue configurando un escenario dañino para la democracia. Cuando una democracia es vista como un régimen que es incapaz de solventar las dificultades económicas, la miseria que padece la población, este sistema democrático entra en descomposición. En el momento en el que los demócratas se cansan de defender a la democracia ésta empieza a oxidarse, porque siempre tenemos en los márgenes a organizaciones radicales que quieren derribarla. En esta coyuntura, millones de europeos, producto de esta crisis económica y tantos sinsabores, empezaron a volver la mirada hacia los nuevos partidos que estaban en los extremos del sistema; partidos que recogieron las voluntades, los apoyos de todos los sectores sociales. Pero la democracia es algo más que bienestar económico, es seguridad jurídica, es un ejemplo moral para sus ciudadanos. La democracia se sustenta en cuatro pilares claves: (1) La existencia de un consenso procedimental consolidado, que haya una dinámica política participativa en la que se puedan dirimir las tensiones. No es malo que haya tensión en el debate político, lo malo son los discursos de explosión. (2) El Estado de Derecho, que es fundamental. (3) La firme voluntad gubernativa y judicial por mantener a salvo de los enemigos, ese sistema de leyes justas. (4) La férrea convicción de los ciudadanos de que solo integrados en un sistema democrático, un sistema de leyes justas, donde se busque la igualdad y se trabaje por el bien común, es como únicamente se puede vivir en paz, en libertad, alcanzar la democracia y con ella el bienestar. No hay ningún otro sistema, aparte de la democracia, donde esto se pueda alcanzar. Cuando estos pilares aparecen ante nosotros sólidamente establecidos, férreamente defendidos por las autoridades y la ciudadanía, los partidos contrarios al sistema no salen de la marginalidad.
Pero en el momento en que uno solo de los pilares comentados comienza a resquebrajarse, inmediatamente se abre la puerta al avance de los radicales. Cuando el Estado es incapaz de imponer el orden público, es incapaz de garantizar el sistema de leyes justas, de garantizar la convivencia, aparecen las organizaciones contrarias a la democracia enarbolando siempre el mismo discurso: “Es un Estado corrupto, en descomposición, que no sirve para garantizar el mínimo bienestar.”
Cuando se abrió la puerta al abismo en el período de entreguerras, una parte muy importante de la ciudadanía concluyó que para volver a la normalidad anterior a la Primera Guerra Mundial, era necesaria la propia violencia que traían de la mano estas organizaciones extremistas (violencia verbal, presión, violencia física, y por último, el tiro en la nuca, el aplastamiento de la minoría contraria).
Ya hace más de 170 años, Tocqueville habló sobre los peligros que acechan a la democracia: miedo a disentir de la opinión pública, el igualitarismo y creer que la mayoría siempre tiene la razón.
La Europa de hoy es diferente a la de hace cien años, pero hay elementos de preocupación como el fuerte individualismo combinado con un profundo igualitarismo y egoísmo generalizado. Porque en Europa se ha empezado a movilizar, otra vez, muchísima gente de la mano de colectivos que reclaman derechos, acciones, políticas, pero que no piensan si esas reclamaciones contribuyen al bien común. Se ha instalado el egoísmo generalizado. Esto es lo que se detecta en la llegada de los nazis al poder. La gente pensaba, si alguno tiene que “pagar el pato” para que yo encuentre trabajo, es algo que a mí no me incumbe. El descrédito de la política está de vuelta, el desprecio de la seguridad jurídica, considerar que la culpa de todo la tienen otros. Así aparecen movimientos, partidos radicales, que aglutinan el descontento de la población, la gente se deja arrastrar por mensajes vacíos, engañosos, con propuestas populistas y peligrosas para la propia democracia: Pepe Grillo en Italia, Le Pen en Francia, el camarada Iglesias en España, con Podemos cargando contra la obra de la transición. El jefe de campaña de Pablo Iglesias habla de la voluntad bolchevique de éste y no se ruborizan, aunque todo el mundo sabe que Lenin, líder de los bolcheviques, fue un dictador y un asesino. Para el profesor Parejo, se requiere exigir solución a los problemas, una acción rápida de la justicia, pero con garantías procesales, que lleguen los mejores a los cargos públicos, no que accedan mediocres que por cuenta ajena no han demostrado nada, y hay que exigir Educación de calidad, que es la mejor vacuna contra el virus de los totalitarismos y los fascistas.
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