Opinión - 12/12/2012
"Actitudes". Álvaro Plaza
Autor:
Álvaro Plaza

Una de las cosas de cuando uno ha aterrizado en un país extranjero es lo mucho de menos que hecha el producto autóctono. Aquí no hay pringá del Baltanás, ni mantecaos de Viena, ni churros de la plazuela, un mollete es intraducible y aunque el chupachups esté muy implantado es jodido hacerse con unas buenas pipas.

Es por eso que de vez en cuando me doy un garbeo por “el García” que además de una cafetería es un pequeño economato situado casi al final de Portobello Road, en Notting Hill, allí donde los sábados se abre un mercado que visitan millones de turistas al año. “El García” te surte de vinos españoles, chorizo, jamón, aceitunas, calamares en su tinta y mejillones, cola-cao, aceite de oliva en garrafas y hasta kikos churruca; ofrece una comedida selección de los productos que la morriña hace que más eches de menos. 

Y el otro día fue uno de esos en los que me aventuré por sus siete estanterías para respirar producto español. Tras la compra me estaba tomando un expreso en la cafetería, donde por cierto venden Estrella de Galicia, buena cerveza, aunque si vendieran Cruzcampo en quintos los del “García” sería los p*** amos, cuando el camarero, un gallego en la cincuentena, animaban a un par de tipos que al parecer acababan de llegar a la ciudad. Se quejaban de la meteorología, de la escasa calidad del producto fresco, del idioma, se quejaban de esto, de aquello y todo lo demás. Y el camarero les señalaba, afanoso, las cosas buenas de recién llegar a un sitio, conocer gentes nuevas, el reto de aprender a desenvolverte en un nuevo idioma y a pesar de todos sus esfuerzos el pobre no conseguía borrar la sequía de sus rostros. En algún momento revelaron que eran de Valladolid por lo que para mis adentros exclamé “¡Claro, normal!”, y es que siendo mis raíces de allá, me sé muy bien como se las gasta el carácter oscurantista castellano. Pero sin querer meterme en camisa de once varas con las diferencias regionales de la ibérica, ya que da lo mismo seas de Santander, Tarrasa, Plasencia o Alcalá, lo que al final cuenta es la actitud.

Así no se puede emigrar a un sitio, no se puede intentar cambiar de vida si todo lo ves negro, si cada nueva cosa con la que te topas la observas como un obstáculo, donde hay oportunidades nada más veas que fastidios. La actitud hacia las cosas, muchas veces, consigue que las mismas cosas cambien. 

Y con el azote de la crisis, y a pesar de que al parecer medio pueblo se ha propuesto engrasar sus cuerpos y dejarlos niquelados a través del pádel, no estaría de más modificar un poco el enfoque. Echarle imaginación y ganas al asunto. A los que se han quedado sin empleo, aprender a emplear de nuevo el tiempo, que hay cientos de cosas por hacer, sitios donde ayudar, maneras de formarse, causas por las que protestar, proyectos en los que colaborar. Que no todo sea darle a la pelotita o quejarse de lo mal que está “el tema” y la crisis desde la esquina del bar, eso sí, con el quinto de cruzcampo bien fresquito.

Hay casos y familias que están pasando verdaderos dramas, calamidades de la envergadura de un frigorífico vacío, ni migas que echarse a la boca, tragedias que culminan cuando la desesperación te empuja desde un balcón, historias a las que nos estamos acostumbrando a leer en los periódicos. Y quizás un buen punto de partida consistiría en tomar consciencia de los durísimos infortunios ajenos y por qué no utilizar nuestro ingenio, tiempo y habilidades para ayudar a esos que de verdad la están pasando canutas; más si no tienes que tirarte ocho horas diarias en la fábrica, delante de ordenador o vendiendo tostadoras.

Nadie tiene la solución, ni recetas mágicas, y entiendo que se me pueda achacar que hablar es muy barato; pero no me cabe la menor duda que con desánimo y con una actitud negativa los inconvenientes que la crisis ha traído consigo no van a hacer sino que empeorar. Y la crisis, a mi entender, en el más realista de los análisis, ha venido para quedarse.

Yo les pido a los de mi pueblo, desde la distancia, que intenten no caer en la actitud de esos dos que estaban en un bar español en Londres a tres días de llegar, porque no eran las constantes lluvias las que amargaban su destino, sino las nubes que en su cabeza teñían todo de pesimismo. 

Sean ambiciosos, activos, luchen, cambien, ayuden, indígnense, no se dejen pisotear, colaboren y no se olviden de reír, la crisis será la misma, pero quizás luzca de otra manera. No se queden en la butaca con la tele encendida despotricando, hay millones de cosas por hacer y no todo consiste en ganarle al vecino a tres sets.

Y lo mejor de todo, ahora que todo tiene precio y está todo tan caro, ahora que hay que hacer montañitas con las moneditas de cobre para llegar a fin de mes, cambiar de actitud es algo completamente gratuito... y contagioso.

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