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Opinión - 23/02/2018
"Aquí se rueda la peste". Juan Alcaide
Autor:
Juan Alcaide Rubio

Corre por ahí una propaganda lanzada por el gigante empresarial que financia la serie más comentada de los últimos tiempos que dice: “Aquí se rodó La Peste”.  Y se me ocurre que así mismo, con un nuevo cartel que nos pusiera en nuestro sitio —¡donde merecemos!— se podría anunciar en esta época la entrada a nuestra localidad. Primero la señalización oficial: “ALCALÁ DE GUADAÍRA”. Y justo detrás, más grande, panorámico, en letras de sangre sobre fondo de fuego aurinegro, el reclamo: “Aquí se rueda La Peste”. Y no se estaría faltando a la verdad ni siquiera al poner el verbo en presente porque, aunque ya terminó el rodaje de la famosa serie, día a día se sigue rodando aquí la historia de una epidemia.

De aquélla, la mentada serie que recrea una Sevilla de finales del XVI asolada por la peste, quedarán para siempre algunos escenarios sacados de nuestro patrimonio histórico. De ésta, la peste que se alimenta cada mañana en el muladar de nuestro pueblo y que ya amenaza con hacerse endémica, mejor sería que algún día no quedara ni rastro.

Es atractiva la posibilidad de ver recreada en el cine la Sevilla de otro tiempo, y más si podemos reconocer en ella escenarios a los que estamos irremediablemente ligados (muros y patios de nuestro Castillo, torres de Marchenilla, piedras de Gandul…). Y directamente proporcional a ese atractivo es la repulsión de vivir hoy en el territorio de esos escenarios conviviendo con esta otra epidemia tan nuestra: la otra PESTE (Política Errante, Servil y TEndenciosa).

Frente a aquella peste, la de la serie, uno se sienta expectante, deseoso de ver cómo aparecen en la pantalla los esplendores y todos los contrastes de una Sevilla tantas veces imaginada, recreada en ensoñaciones.

Frente a esta otra PESTE, uno cruza los brazos y, si puede, ya ni mira.

Aquélla, la de la tele, empieza bien, aunque en esos contrastes tan nuestros gane por goleada lo sórdido y oscuro a lo espléndido y luminoso —tampoco es una incoherencia teniendo en cuenta el título de la película—. La escenografía, la fotografía (lienzos de Murillo convertidos en fotogramas) y toda la ambientación te trasladan realmente a la gran ciudad de una época que, si no exacta, debió andar cercana a lo que se ve. Es cierto, empieza bien, y la ambientación seguirá cautivando en cada episodio, pero aparte de esto, visto el comienzo, todo es declive. Uno pensaba que todo ese gran trabajo de recreación fructificaría en una gran historia alejada de tópicos y estereotipos, y el caso, más allá de una trama poco conseguida y enrevesada y de las permisibles licencias cinematográficas, queda en otra oportunidad perdida. Sin necesidad de afinar demasiado el olfato crítico, termina pegándote en las narices el tufo de ese progresismo huero que lastimosamente acaba pringándolo todo en nuestro país. De ahí, de ese endeble manual de progresía, que, del catolicismo, aparezca en la serie sólo lo peorcito; de ahí el extemporáneo feminismo, tan oportunista como forzado; y de ahí que allí lejos, al otro lado del océano, se dibuje una América indígena aniquilada por los invasores, todos bárbaros, rufianes y codiciosos, por lo visto. En fin, otra pena. Pero que vuelvan, por supuesto, que vuelvan para grabar una segunda parte, y que sigamos reconociendo en ella más escenarios de nuestro entorno. Una cosa (triste) no quita la otra (alegre).

Por el contrario, esta PESTE, la de la política en el pueblo, empieza mal y acaba cada día peor. Ya es una pescadilla que se muerde una cola tan podrida que no ofrece otra esperanza que la devastación total. Es la maldición de Ocnos, que trenza por un lado sus juncos en forma de tranvía para que un burro —mitad administración, mitad chorizos— los vaya devorando por el otro extremo; la maldición de Ocnos, que trenza y trenza en forma de carretera para que otro burro en forma de Junta la destroce a cada nudo. La maldición de Ocnos, que teje propuestas alternativas al desaguisado de un ayuntamiento sin presupuesto para que otros burros bajo siglas de grandes partidos “disciplino-autoritarios” las engullan sin masticar. Total, que aquí una pena se añade a la otra, y esta otra PESTE no necesita ninguna segunda parte porque se trata, desde el principio, de un serial sin solución de continuidad.

 

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