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Opinión - 20/07/2018
"De solares, palacios y otras responsabilidades". Juan Alcaide
Autor:
Juan Alcaide Rubio
Han tenido que sucederse en cascada las noticias de incidentes en el centro de la ciudad para que por fin se intente, al menos, el gesto de levantar el pie para estamparlo de una vez en la pared.

Lo paradójico de todo esto es que haya sido en lo más hondo de tantas malas noticias, al tocar fondo, donde quizá se haya dado con la única mecha capaz de prender una llama de esperanza. Y es que, en esa caída libre hacia el abismo en la que se encuentra el casco antiguo, y viejo, se ha descendido tanto que ha terminado por afectar a lo único que es capaz de poner a todo el mundo de acuerdo en un instante, lo único que no entiende de colores, de gustos, de filias o de manías; esto es, la seguridad.

Igual que la cabeza no entiende de razones cuando no puede escuchar otra cosa que el ruido del hambre en las tripas, ningún vecino está en disposición de atender a disculpas, a excusas y a plazos cuando lo que siente amenazada es la seguridad de su casa. La seguridad ha sido esa pequeña mecha que ha hecho saltar definitivamente las alarmas. Y es precisamente ahí donde puede encontrarse, al fin, una buena noticia referida al centro de Alcalá. Porque ante el inminente desenlace fatal al que parecía abocado, por debajo del aspecto cadavérico que presenta, se ha comprobado que nuestro centro todavía respira, y aún ha tenido resuello para levantarse y defender la esencia de su ser: su propia integridad.

Ese aire, el hilo de vida que ha impulsado la reacción de un buen número de vecinos, ha hecho que los únicos que tienen la posibilidad de echar mano del bisturí reaccionen. Ya se han producido algunas reuniones —siempre es un primer paso— y el Pleno municipal acaba de aprobar varias medidas para la regeneración de este espacio tan irrazonablemente maltratado. Ya vemos: una prístina buena nueva, la leve yesca prendida por las alarmas. Pero queda lo más difícil; queda tanto…

En un magnífico artículo publicado recientemente en este mismo medio, su autor, periodista que conoce todo lo que se mueve y lo que no, dentro y fuera de cada calle de nuestro pueblo y de cada pasillo de su consistorio, avisaba como vaticinio preclaro: “Alcalá frente a su hora decisiva” (lean, lean… Y relean para poder hacerse la desoladora composición de lugar). Y esa hora decisiva ha llegado y se ha hecho flagrante en mitad de un verano que venía aliviado de grados y ha ardido al margen de los termómetros.

Es la hora decisiva, pero queda tanto… queda lo más difícil. Y lo más difícil sigue siendo lo de siempre, la clave para el buen funcionamiento y desarrollo de la vida en sociedad, el punto de partida de toda buena convivencia: la educación. Y a la educación se accede por oportunidades o por obligación. Los que tienen la posibilidad de imponer deben imponer el civismo a sus ciudadanos: “¿Usted es maleducado, ha sido incívico? Usted asume las consecuencias”. Si son capaces de sacarse de la manga impuestos con la mayor creatividad que pueda imaginarse cuando conviene recaudar, ¿no van a poder multar con rigurosidad la falta de civismo?

En esta, como en toda partida, hay dos partes implicadas: el sujeto privado y la cosa pública. Y claro está, para exigir, primero hay que dar ejemplo. Es esencial, y  ya era hora, exigir a los particulares el cuidado de sus propiedades. Es una cuestión de responsabilidad. Responsabilidad aceptada por el particular en el momento de hacerse dueño de una propiedad que, por privada que sea, está dentro de una realidad mayor, que es el pueblo, la ciudad, la urbe… donde hay unas normas de convivencia que no deberían ser ignoradas nunca. Y aquí, todos los ciudadanos, cada uno de nosotros, somos los únicos que podemos decidir permanecer o salir de la idiotez —entiéndase el término en su original sentido etimológico—. Esta es nuestra responsabilidad, la de cada sujeto, privado, pero también civil.

Y mientras, la parte pública, que ejerza sus potestades. Pero, ¿cómo exigir responsabilidad a los hijos si estos no la ven en los padres? ¿Cómo hacerles ver la importancia de ir aseados y ordenar sus cosas si van los mayores hechos un desastre y a la casa se le ve la mierda por debajo de la puerta? Con inseguridad en tus calles, con ocupaciones permitidas de tus viejos palacios convertidos en sucias madrigueras del hampa, con el más grosero abandono saliendo en forma de matorrales por los ojos de tus históricos edificios, ¿Cómo pedir algo a tus feudatarios?  

Ejemplo, por tanto. Ejemplo y responsabilidad para poder exigir después educación y responsabilidad a los demás.

Limpien su casa, ordenen, valoren, recuperen toda la dignidad que se merece lo suyo y luego atrévanse a exigir, impongan sin miedo, y podremos empezar a creer que todavía es posible la vida amable en el centro de nuestra ciudad.

Y puestos a soñar, soñaremos con barrios de fachadas encaladas y zócalos de almagres, grises de cinc o alberos ribeteando el lienzo blanquísimo de todo un pueblo. Y con sus gentes pisando las calles lavadas en un alegre trasiego de vida restaurada para siempre.

Cuiden su casa, exijan, ¡y atrévanse a soñar!

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