Opinión - 01/01/2019
"Buenos días". Juan Alcaide
Autor:
Juan Alcaide Rubio

Ha sido pasar la última página del viejo almanaque y cambiarlo por uno nuevo que ya ocupa su lugar en la pared de la cocina. Y ahí cuelga, con el brillo intacto de lo que está por estrenar, mientras su predecesor, deslucido y ajado, se confunde con el resto de papeles que se apilan en la puerta esperando “el paseíllo” al contenedor (azul) más cercano.

Pasó la Nochevieja y su fiesta —la noche más hortera la llaman ahora— y nos metimos en un nuevo año al que tendremos que acostumbrarnos pronto para no seguir fechando nuestros papeles con un 18. Pasaron la cena, el jaleo, las uvas atragantando a la abuela y chorreando mosto en las camisas de los niños, los chistes, las serpentinas, el champán y la bizarra mezcla de canciones en un guateque imposible. Pasó todo esto que, es cierto, no es la quintaesencia de la finura y el buen gusto, pero que tampoco debiéramos denostar cuando se trata simplemente de pasar un buen rato que, por lo demás, suele ser entre amigos, familia y gente querida: relájense, mujeres y hombres prudentes y rectos, dejen la formalidad bien dobladita en el ropero por un momento y ríanse un poco más.

Con todo, lo que ha pasado no ha sido más que eso: un número en el calendario; y el único cambio, la sustitución de un almanaque por otro en la cocina. Y esto es precisamente lo mejor: que sigue todo igual; que podemos, a medias, dar la razón a quien escribió aquello de “Despertar para encontrarme esto: la vida así dispuesta… abrir los ojos para ver lo mismo…”.

Efectivamente, va a seguir amaneciendo como siempre y todo es lo mismo, y ésa, lejos de la desesperanza con la que lo decía el poeta asturiano Ángel González, es la mejor noticia: que sigue todo ahí, donde y como esperamos, y que, aunque parezca lo mismo, no todo es igual, porque, para que todo siga igual, existe precisamente la vida. Y si nos fijamos, notaremos cómo se alarga la tarde y nos trae aires más tibios; o cómo se empieza a desperezar la savia en la profundidad de una gruta vegetal; o cómo va recuperando su color la hierba mientras lo celebran los pájaros que han vuelto por tu casa.

Si dejar atrás un año nos sirve para tirar junto al viejo almanaque algún mal recuerdo, las enfermedades, los dolores de las ausencias o los fracasos, bienvenido sea el nuevo calendario. Pero, porque sigue todo igual, lo mejor está por llegar. Hemos vuelto a decir “buenos días”, y un día menos le queda a la tos que te dejó una gripe a la que has derrotado. Y un día más nuestro pueblo sigue ofreciendo rincones claros y apacibles, o incluso, últimamente, algunas calles y plazuelas céntricas repletas de gente alegre de encontrarse —que no sea un espejismo—. Y por si fuera poco, con el nuevo día ya se adivina, en el trasiego de los adultos y en la inquietud alborotada de los niños, la magia de unos barbudos entre revuelo de capas tras una estrella. 

No lo dudéis, tenemos que celebrar los buenos días y entender que lo mejor del fin de año es que no es el final de nada. Porque amanece… Y es bastante.

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