Opinión - 17/11/2012
"Asiático V". Páco Pérez
Autor:
Francisco Pérez Caballero

Hace catorce años, sobre esta hora más o menos, salía yo del cine, en Benicarló. Era de noche y hacía frío. Caminamos deprisita, acurrucados, cogidos por la cintura, hacia el coche. Una vez dentro, antes de arrancar el motor, abrí la guantera y saqué el móvil para encenderlo. Entonces ella, entre sorprendida y enfadada me dijo, ¿qué prisa tienes por encender el móvil a las once de la noche?, ¿estás esperando que te llame alguien?, ¿no te basta con lo que tienes ya aquí? Eso fue revelador, MUY revelador.

Dos o tres años después compré el dvd de “Requiem por un sueño”, del director Darren Aronofsky. La película es excelente, pero los comentarios del director lo son todavía más. En algún momento de los comentarios, Aronofsky dice que todos tenemos alguna adicción y que esa adicción es la puerta por la que huimos de la realidad cuando lo necesitamos. Eso también fue muy revelador.

Viendo a las chinas caminar con sus faldas cortísimas, en ningún otro país las he visto tan cortas como aquí, y con sus auriculares blancos enganchados a los Samsumgs Galaxy gigantes o a los iPhone 5 con fundas de todos los colores, con orejitas, con diamantitos, con adornos que escapan a cualquier imaginación occidental, pienso en lo que decía Aronofsky y en por qué encendí el móvil aquella noche nada más subir al coche. No nos gusta la realidad en la que vivimos y eso es terrible, porque en la realidad en la que vivimos, somehow, de alguna manera, se encuentra una realidad aprovechable en la que se puede vivir. Sin necesidad de ir por la calle como monjes budistas tecnológicos, mirando la palma de la mano y haciendo conjuros con un dedo sobre un cristal. Hasta hay una palabra, acuñada por Pedro Arias, que lo describe: fonodifuso. Vaya donde vaya, los chinos y las chinas van mirando su artilugio, su puerta de escape. En la cola de los taxis, de sesenta y dos personas había cincuenta y nueve mirando el móvil. En el ascensor éramos quince y los quince estábamos fonodifusos.

Cada vez que he visitado un país por primera vez, tengo justamente la sensación contraria a lo que cuento. La realidad es TAN nueva, que no necesito mirar el móvil cada cinco minutos para ver si tengo un email nuevo o una notificación de Facebook. Después esa nueva realidad se va disolviendo, se va haciendo común, se le va el zumo como se le va a una naranja exprimida. Ya no enriquece mi mente con un universo de posibilidades inimaginables y entonces vuelvo a buscar en el móvil la puerta por donde escapar, la puerta a través de la cual mirar algo que me enriquezca.

Recuerdo perfectamente muchas de las primeras veces que he llegado a algún sitio. Recuerdo cuando llegué a Dhaka, Bangladesh, en mayo de dos mil seis, y veía a los rickshawalas, los que pedalean los triciclos de pasajeros, con las camisas harapientas desabotonadas y sus bigotes de niños que ya son adultos, haciendo esfuerzos inhumanos por mover una carga de tres personas y cuatro sacos de arroz de cincuenta kilos. Recuerdo mirar los rickshaws pintados con colores chillones representando escenas de Bollywood o los retratos de sus dueños, que no siempre son quienes pedalean, e imaginar cómo serían sus casas, las de los rickshawalas, cómo serían sus vidas, qué comidas comerían, qué idioma hablarían, si serían dueños de su cotidianeidad o esclavos de algo o de alguien. Ahora, seis años después, ya no son tan novedosos. Ahora tengo en la agenda del móvil el número de muchos de ellos.

Recuerdo la biblioteca del colegio San Mateo, en Alcalá, hace mil años, cuando yo tenía once o doce, con sus libros amontonados hasta el techo, cada uno de ellos una puerta para escapar. No hacían falta móviles allí. Tampoco los había.

Sorprendentemente hay algunos lugares que no han perdido esa cualidad de enriquecer mi imaginación por mucho que los visite una y otra vez. Uno de ellos es la calle ciento once del barrio de Gulshan, en Dhaka. A cuatro veces diarias, durante tres años, la habré recorrido unas tres mil veces, que no son pocas. Las he disfrutado todas y cada una de ellas. Puedo describir mil detalles de esa calle, la luz del sol que se cuela entre las hojas de los árboles, las casas viejas que la flanquean, las dos embajadas, el barro durante el monzón; pero por mucho que lo intente creo que no podría decir qué tiene exactamente para que no me canse de ella.

En Tokyo, en el barrio de Shibuya, hay un cruce que sale en muchos documentales, en el que los cuatro semáforos se ponen en rojo a la vez para dejar pasar a los peatones. Son dos o tres mil personas cada dos minutos, una barbaridad. Una vez, unos amigos, mi mujer y yo, intentamos cruzarlo como si fuéramos japoneses de toda la vida. Fracasamos. Chocamos prácticamente con todos los que caminaban en la dirección contraria. Éramos como una piedra en el zapato de ese orden perfecto de ellos.

Sin embargo, mucho tiempo después, descubrí cuál es el secreto para atravesar el cruce de Shibuya fluidamente. Para darle autenticidad al artículo, yo también me he vuelto fonodifuso y he venido escribiéndolo en la Blackberry usando los pulgares mientras caminaba por la calle y aplicando el secreto que descubrí, que no es otro que evitar mirar a los ojos de la gente y mirar en cambio sus pies para no chocar con ellos.

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