Opinión - 06/07/2016
"Asiático XXX". Paco Pérez
Autor:
Francisco Pérez Caballero

Últimamente, cuando estoy en el fregadero metido en faena, con las espumas blancas del fairy por aquí y el estropajo verde y amarillo por allá, me da por acordarme de Lisa, una chica que hace de guía turística en Beijing. Soy incapaz de averiguar qué cadena de pensamientos me lleva desde el acero inoxidable mojado y jabonoso hasta ella.

Lisa cobra seiscientos reminbís (ochenta euros) por llevarte un día de excursión por Beijing. La acompaña un chófer con furgoneta. Tienen varias rutas, pero la que yo he hecho las veces que la he contratado cuando he llevado a alguien de paseo por China, pasa fundamentalmente por visitar la Gran Muralla.

Es un viaje de una hora y poco, apenas setenta kilómetros, a medio camino suelen parar en una tienda grande de cerámica hecha a mano. Cuantas más veces he parado, más me ha gustado. Allí mismo tienen el horno y te enseñan cómo cuecen las piezas. Las piezas de barro girando en los tornos, los adornos que hacen al aplicar un punzón, una tanza, dibujando cortes geométricamente circulares que parecen vivos mientras el barro gira y que, cuando se detiene, parece increíble que el ceramista haya podido planear esos adornos en movimiento. Lo sé, lo sé, lo habrá hecho un millón de veces, pero me sigue sorprendiendo. El lugar está rodeado de árboles y de vegetación y si lees esto oyendo a alguna china tocar el guzheng entenderás perfectamente el ambiente bucólico chino que intento describir. Hacen falta esas cuerdas pellizcadas sonando en el aire para situar este texto, sin duda.

La Gran Muralla es una construcción que serpentea y se tuerce y se retuerce por encima de las colinas más altas por las que va pasando. Yo, hasta que no la visité varias veces y me interesé por las partes que han restaurado y conservado y por las partes que ya se ha comido la vegetación imparable, no me hice consciente de que no es una muralla recta y larga como mi imaginación se había inventado, sino que es algo caótico, agreste, deslavazado.

Me encanta comer en un restaurante de los que hay a los pies de la colina. Cuencos de sopa con huevos duros, sésamo y finos filetes de pato o de cerdo en medio de unos noodles riquísimos.

Si no fuera por lo inapropiado de la expresión, utilizaría aquí una frase muy de la calle para calificarme a mí mismo mientras, subiendo hacia la gran muralla en tren cremallera, he visto a veces a ancianas muy ancianas subiendo la colina a pie desde abajo hasta lo más alto cargadas con cosas para vender, alpargatas, latas de refrescos, etc. Es impresionante ver la fortaleza de tortuga tranquila, que las lleva a subir, campo a través, los kilómetros que hay desde la base.

Estar arriba de la muralla tiene la solemnidad de los lugares que son más grandes que los seres humanos. Me recuerda a ………………

No puedo seguir escribiendo sobre la Gran Muralla… En la calle 79 de Gulshan 2, en Bangladesh, justo al lado de donde yo vivía y donde celebré la boda con mi mujer mairenera, ocho niños de papá, veinteañeros convertidos en asesinos por el aburrimiento de tenerlo todo en la vida, han tiroteado a unos amigos míos. Durante veinticuatro horas hemos estado pegados al messenger del Facebook y al whatsapp, como mis padres lo estuvieron en el ochenta y uno al transistor y a la primera cadena.

Ya se ha consumado, se ha acabado todo, no hay nada que hacer, aunque mi cabeza quiera darle marcha atrás al tiempo, aunque quiera inventarme que mis amigos se rebelan contra sus captores con las manos desnudas y les arrancan los machetes y los rifles de asalto y les vencen y los echan de allí, no hay nada que hacer. Están muertos.

Entonces ¿por qué escribir sobre ello? ¿Qué voy a aportar yo con unos párrafos más, en español, sobre lo que en estas pocas horas ya se habrán escrito un millón de líneas?

Lo analizo y el fin último que pretendo es el de convencer a quien lo lea de que elija el camino del bien. Con todas sus dificultades. A veces el bien y el mal son tan interpretables como esos juegos visuales donde un cuadrado parece gris oscuro pero resulta que es gris claro. Y aun así creo que la auto-prueba de la empatía "no hagas lo que no te gustaría que te hicieran" es tan simple y tan llana que transciende todo esquema social y cualquier época en la que se aplique.

Y sin embargo esa actitud tan simple no siempre es fácil de aplicar. Yo mato moscas y cucarachas y mosquitos. Tengo un motivo, me perjudican. Y ahí reside la clave de todo, en tener un motivo.

Malditos motivos.

 

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