Opinión - 12/02/2015
"Asiático XXIII". Paco Pérez
Autor:
Francisco Pérez Caballero
Tai Kok Tsui

Estoy sentado en un saloncito de hotel, un Lounge, en Kowloon, el territorio peninsular de Hong Kong, esperando a que mi ordenador se restaure. Por las ventanas se ve el tráfico sobre una carretera elevada que pasa a la altura del piso donde estoy. Cuando cruzan rápidas las motos gordas no puedo evitar acordarme de escenas de la película Akira. Aquello es Japón y esto es Hong Kong, y aunque son distintos hay ciertas similitudes estéticas y de movimiento. El mundo se mueve aproximadamente igual en los dos sitios.

Sin embargo en España, Madrid, Sevilla, Alcalá, el mundo no se mueve igual, casi no hay aglomeraciones, cuando le rozas involuntariamente el brazo a alguien en el supermercado, le pides perdón. Cuando vuelvo a España después de muchos meses se me viene a la mente el planeta Solaria que inventó Asimov en Fundación y Tierra, donde los poquísimos habitantes que había se relacionaban a través de hologramas y jamás había contacto físico. Es sorprendente que en la parte china-japo de Asia, donde no saben dar abrazos o besos en la cara para saludar, sea tan común andar siempre inmerso en mareas humanas, en constante contacto físico con los demás.

Lo conté en otro sitio, al sacar dinero del banco en Dhaka, en el mostrador donde te están dando los billetes, siempre hay dos o tres personas que por encima de tu hombro le van contando sus asuntos al empleado y te miran tranquilamente mientras cuentas tus billetes. En la cola del supermercado, en Guangzhou, siempre tengo el carrito de atrás empujándome por los tobillos. ¡Me empujan! Eso en Alcalá es motivo de trifulca, en China no tiene ninguna importancia.

Estoy esperando que se abra la verja que da acceso a la rampa de bajada al ferry que cruza la bahía de Hong Kong. Estoy en Tsim Sha Tsui. En los muelles de Hong Kong, como en todos los muelles del mundo, a pesar de que está bien cuidado, hay un desgaste, un daño, proveniente de esa relación diaria con el mar. Una mezcla de materiales dañados por el salitre y de grasa consistente realmente densa en los sitios donde es más necesario que el salitre no entre.

Y huele a mar, claro. A mar y a muelle, al gasoil de los barcos, a la madera constantemente mojada.

Mientras los pasajeros esperamos tras la verja, al otro lado hay un funcionario, con su ropa de marinero, repantigado en una silla viendo algo en el móvil y oyéndolo por unos auriculares. Se sonríe todo el rato. Entonces atraca el ferry, otros marineros atan los cabos, despliegan la pasarela y cuando uno de ellos sube hasta la verja echa un vistazo a lo que está viendo su compañero y se sonríe también. Le dice algo en cantonés que no llego a entender pero que por sus gestos debe ser algo tan simple como "es graciosa esa serie ¿eh?". El funcionario, sin dejar de sonreír, se quita los auriculares, se levanta, guarda el móvil en un bolsillo y le comenta algo más a su compañero mientras abre la verja con parsimonia.

Entonces la rampa de bajada se llena de pasajeros, yo entre ellos, nos subimos al ferry, cambiamos los respaldos de orientación para no navegar de espaldas y nos sentamos a esperar que salga en cinco minutos.

En cualquier sitio en Asia puedes encontrarte a alguien echando una siesta, en las mesas del McDonalds, en los sillones del IKEA, en el asiento de un rickshaw, con los tobillos sobre el manillar en una postura de equilibrio sorprendente, o en la mesa de la oficina.

Llevo muchos años viéndolo. Cuando llega un occidental a inspeccionar una fábrica, yo por ejemplo, los jefes dan unas cuantas voces y los durmientes pegan un brinco y se quitan de en medio o se quedan de pie con mirada sumisa. Eso es sólo teatro porque un comprador, y por lo tanto una potencial fuente de ingresos, ha entrado por las puertas.

En Asia, a diferencia de España, disfrutar de unos momentos de relax en medio del trabajo no está mal visto.

Y pongo estos ejemplos porque no sé cómo expresarlo en una sola frase. No sé cómo contar que el país en el que me gusta vivir no existe. El país en el que me gusta vivir no tiene policías poniendo multas con codicia recaudatoria, como dice un anuncio, puedes ir sin casco, sin cinturón o hablando por el móvil mientras conduces. En el país en el que me gusta vivir, a los amigos y a las amigas se les dan besos y abrazos y hay una terracita cada cincuenta metros para tomarse una cerveza helada sentado al sol, aunque sea invierno. El país en el que me gusta vivir confía en la tecnología para comunicarse y soluciona cosas sencillas con acciones sencillas y utiliza el whatsapp para notificarte que has recibido un paquete en la consigna automática que hay en el portal del edificio y no ocurren cosas como las que contaba Pérez-Reverte el otro día sobre el pato maketo. El país en el que me gusta vivir está habitado por gente entusiasta que se alegra de que las cosas salgan bien, aunque sea a los otros, y que colabora para que salgan bien. El país en el que me gusta vivir ama el arte, pinta, canta, compone y es capaz de hacer de un libro de cocina una obra emocionante.

En fin, supongo que el país en el que me gusta vivir es el mundo mismo.

 

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