Opinión - 04/02/2013
"Asiático VII". Paco Pérez
Autor:
Francisco Pérez Caballero

 ¿Y ahora en qué idioma le hablo a mi hija? ¿En alcalareño, en maireneeero, en sevillano? ¿En chino, en inglés? Es más, ¿de qué nacionalidad es mi hija? Legalmente está claro. Dicen las leyes al respecto, que un hijo de españoles es de nacionalidad española independientemente del país donde haya nacido. Pero yo hablo de la otra nacionalidad, la de verdad, la del sitio donde te has criado. Tengo un amigo en Vinaròs que cuando le preguntan que cuál es su tierra siempre contesta: "yo la única tierra que tengo es la de las macetas".

Yo mismo nací al lado de la Plaza del Pelícano, en Sevilla, pero me crié en Alcalá. No en el centro, sino en una barriada, punto que siempre le encanta dejar claro a mi amiga Inés, que se crió enfrente de los Salesianos. Y durante muchos años pasé los veranos con mi familia en Isla Cristina. Hablo de los veranos de los años setenta y ochenta, que duraban tres o cuatro meses. De manera que mi nacionalidad de verdad es una parte alcalareño de barriada y otra isleño.

Aunque mis padres hubieran sido suecos, yo soy de Alcalá y de Isla Cristina. Y después, de todos los demás sitios y de todos los demás idiomas.

Esa nacionalidad, la de verdad, no la expiden en ningún mostrador, ni se consigue rellenando ningún formulario, se adquiere, con ad, como adhesivo, se te pega quieras o no quieras. Así que mi hija, la de en medio, que ahora tiene diecisiete meses, no va a ser española por mucho que lo diga la ley. Va a ser de momento china y, afinando más, cantonesa, algo alcalareña y algo mairenera. Dependerá de dónde se críe en los próximos años. Eso será bueno o será malo en función de mil variables. Eso, simplemente, será así.

Para que mi hija fuera española, alcalareña, no bastaría con que hablase español, que lo hablará, tendría que patearse mil veces la calle Silos para ir a casa de alguna amiga a jugar, tendría que quedar en La Plazuela, o en el Duque, o en el Barrero para salir de marcha los fines de semana, tendría que sentir la solana del mes de agosto a las tres de la tarde, cuando el albero se pone a sesenta grados y hace que todo se quede inmóvil y que el aire a ras del suelo se ondule como en los espejismos del desierto. Tendría que, efectivamente, llenarse las manos y los zapatos nuevos de albero.

En vez de eso, mi hija aprenderá a no dar los buenos días en ningún sitio, salvo que esté en España, a colaborar con la comunidad limpiando los parques de la ciudad con sus compañeros de clase, a cantar canciones patrióticas en el patio del cole, a celebrar el año nuevo en febrero y a veranear en Sanya, isla de Hainan. Le dará corte hablar en español en público, aunque sepa, y se verá todas las series de dibujos animados chinos en versión original y sin subtítulos.

Desde que nos mudamos a Dhaka en dos mil seis, entramos a formar parte de lo que se llama la comunidad de expatriados, los expats. Y ahí a todos les pasa lo mismo, nos pasa lo mismo. Nuestros hijos tienen una nacionalidad rara. Hablan lenguas extrañas, como el bangla o el cantonés, y están acostumbrados, mal que les pese, a despedirse de sus mejores amigos cada cierto tiempo.

Ya conozco a algunos de estos niños que se han hecho mayores. Y, como era de esperar, el mundo les parece pequeño, viven un tiempo en Japón, se van a trabajar a Singapur y pasan las navidades en Chiclana.

Por muchos sitios distintos en los que viva, siempre andaré volviendo a donde me crié, a los barcos abandonados del Cantil, en Isla Cristina, y al caminito de cemento que había en medio del campo y que iba desde mi barrio, el de La Paz, hasta el "Púa", el colegio Francisco Mesa. Aunque ya no esté.

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