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Opinión - 12/03/2013
"Asiático VIII". Paco Pérez
Autor:
Francisco Pérez Caballero

Vamos a suponer que un alcalareño está en la barra del Don Vito un miércoles por la noche, tomándose tranquilamente un Santa Teresa con cola y charlando con mi archiamiga Inés. Están hablando sobre la banda sonora de 'El último emperador'. Inés defendiendo que los primeros temas, compuestos por Ryuichi Sakamoto, son infinitamente mejores que los otros compuestos por David Byrne.

Inés se va a atender a otros clientes y nuestro alcalareño se queda dándole vueltas al vaso sobre el pequeño charco que se ha hecho en la barra, pensando en los acordes de Ryuichi Sakamoto. Se saca el móvil del bolsillo, lo coloca sobre la barra y empieza a mover el dedo con suavidad sobre el cristal oleófugo. Está visitando la página de Qatar Airways, 729.96 EUR Madrid – Pekín ida y vuelta. No está mal, no es ninguna barbaridad. El vuelo sale de Madrid al día siguiente a las tres de la tarde. De pronto recuerda que no tiene visado para China, le envía un sms a un amigo de Hong Kong preguntándole si le puede conseguir un visado para el día siguiente. Sí, puede. Entonces pasará por Hong Kong en vez de volar de Doha a Beijing. Doha – Hong Kong – Beijing. Es un poco más caro pero no hay otra opción mejor.

Tiene la cabeza apoyada en la mano izquierda y el resplandor de la pantalla del móvil le ilumina la barbilla y la nariz. Inés charla con los otros clientes y ha empezado a sonar algo de Shawn Colvin. Hay un AVE a las nueve menos cuarto de la mañana que llega a Atocha a las once y cuarto, 114.70 € incluyendo la vuelta.

Se levanta, le hace un gesto con la cabeza a Inés para que le cobre y, mientras ella le da el cambio, él le dice, mañana me voy a ver la Ciudad Prohibida. Inés suelta una carcajada de las suyas y, despidiéndose de él, dice tú estás 'fatás'.

A la mañana siguiente se levanta a la hora de todos los días, se ducha y mira la previsión del tiempo en Beijing: -2°C a 10°C. Mete dos mudas de ropa y un abrigo en una maleta de las pequeñas, de las que no hace falta facturar, cierra la puerta de su casa y se va a Santa Justa. A las once y cuarto llega a Madrid, coge un taxi y antes de las doce de la mañana está en la terminal T4S de Barajas.

Después de sacarse la tarjeta de embarque se sienta a esperar su vuelo y empieza a buscar hotel cerca de la Ciudad Prohibida. Abre el Google Maps y encuentra el Red Wall Hotel, 25 €, en la esquina norte de la Ciudad Prohibida, la salida trasera. Hace la reserva, cierra el portátil y se sube al avión. Tiene por delante seis horas y cuarenta minutos de vuelo.

Durante el viaje le da tiempo a ver 'Django unchained', 'La noche más oscura' y a echar una siesta.

En Doha hace una temperatura primaveral. Sólo tiene dos horas y poco de tránsito, así que da un paseo por las tiendas del aeropuerto, rodeado de cataríes que visten blancas chilabas y turbantes de cuadros y decide que no se va a comprar un Lamborghini que venden justo al lado de la estantería de las chocolatinas y los frutos secos.

El siguiente trayecto, Doha – Hong Kong, dura siete horas y media. Al llegar, sale del aeropuerto, coge el metro hasta la ciudad, arregla el tema del visado y vuelta hacia el aeropuerto. Hong Kong es una ciudad con encanto, con sus rascacielos, sus autobuses londinenses de dos plantas y la marea humana que lo inunda todo. Para quedarse a vivir.

De Hong Kong a Beijing sólo son tres horas de vuelo.

Nuestro alcalareño, que estaba un par de días antes en la barra del Don Vito, está un poco cansado pero sonríe cuando el avión entra traqueteando en la niebla constante de Beijing. En un 7-eleven compra una tarjeta SIM de China Unicom y le pone cien yuanes, doce euros. A continuación se monta en un taxi, saca su teléfono, abre la aplicación Google Translate y, poniéndose el teléfono frente a la cara, le dice con voz clara: "Lléveme por favor al Red Wall Hotel junto a la Ciudad Prohibida". El móvil emite un pitido de confirmación y una voz femenina dice en chino: "Qing dài wo qù hóng qiáng jiudiàn, yu zijìnchéng". El taxista asiente con gesto indiferente y pone el coche en marcha. El té que hay en un bote alargado y transparente adosado a su asiento, con flores de crisantemo en el fondo, se balancea con el movimiento del vehículo.

Cuando llega a la puerta del hotel, antes de subir los escalones de la entrada, mira hacia la izquierda y desde allí mismo y a pesar de que ya son casi las diez de la noche, ve los muros rojos de la Ciudad Prohibida y, sobre ellos, la silueta oscura y rizada de alguno de los palacios que están en el interior.

Aunque tiene ganas de meterse en la mullida cama del hotel y dormir diez horas seguidas, también está deseando que amanezca para entrar en el que fue el palacio del Emperador de China durante quinientos años.

Con esa idea en la cabeza, comienza a silbar la banda sonora de 'El último emperador' de Ryuichi Sakamoto y se interna en el hotel arrastrando su pequeña maleta tras él.

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