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Opinión - 17/04/2013
"Asiático IX". Paco Pérez
Autor:
Francisco Pérez Caballero

Una viga de madera, enorme, pintada de rojo, desgastada y ajada por los años, forma parte del marco superior de una de las puertas interiores de la Ciudad Prohibida. Nuestro alcalareño la mira embobado. Un poco más allá de la viga asoman las ramas de un árbol de un patio contiguo, y más arriba está el cielo gris de la fría mañana de Pekín.

Se ha levantado temprano, ha desayunado en el hotel y ha salido bien abrigado a la calle, con bufanda, guantes y las manos en los bolsillos del abrigo. Hace frío pero no corre aire. Al acercarse andando por la esquina noreste de la muralla que rodea toda la Ciudad Prohibida se ha fijado en que el agua del foso está congelada y mantiene inmóviles en suspensión algunas botellas de plástico y algunas ramas.

Mientras camina por la acera, en dirección a la entrada sur, mira la muralla y se acuerda de la de la Macarena. No tienen nada que ver en cuanto a su aspecto, pero les une la magia de haber permanecido en el mismo sitio durante cientos de años. Imagina nítidamente cómo el tiempo retrocede acelerado, las nubes pasando deprisa por el cielo, el sol haciendo su recorrido inverso de oeste a este y, siguiéndole, la luna y las estrellas. Imagina a la gente andando hacia atrás cada vez más deprisa, la pintura de la muralla, siempre roja, pero cambiando de tonalidad, los coches marcha atrás cada vez menos frecuentes sustituidos a continuación por motos y bicicletas, todas marcha atrás. Cuando el ritmo se hace más frenético, la mayoría de las casas y las tiendas de la acera a su izquierda van deconstruyéndose y dejando huecos qué rápidamente se pueblan con árboles. Al detenerse el viaje hacia atrás en la ensoñación sólo quedan algunas de las casas más viejas pero con aspecto de nuevas y toda la gente va a pie o en palanquines tirados por pequineses con una larga trenza cayendo a lo largo de la espalda.

Exactamente esto mismo lo ha imaginado muchas veces andando junto a la muralla de la Macarena, pero cambiando chinos por sevillanos y palanquines por burros y carretas.

Y mientras sucedió todo eso a lo largo de los siglos, hubo gente que nació y se crió junto a esas murallas, y les siguieron sus hijos, sus nietos y sus tataranietos.

Sin darse cuenta ha llegado caminando a la entrada sur y se detiene porque el espectáculo es impresionante. A la izquierda, al otro lado de la ancha avenida, está la enorme Plaza de Tiananmen. Todo está diseñado por gigantes. A su derecha, a ciento cincuenta metros de la acera donde se encuentra, está el enorme portón de entrada y sobre él hay un retrato de Mao Zedong que debe medir diez metros de alto.

Pero habíamos dejado a nuestro alcalareño embobado con una viga de madera. Aunque al entrar en la Ciudad Prohibida lo primero que se ve es una construcción central preciosa, digna del Emperador, a él le fascinan los laterales, donde se alojaba la servidumbre. Hay decenas de patios con un solo árbol, o con unos pocos más, enlosados, rodeados por las casas y los talleres de los artesanos. Tranquilos, silenciosos, en algunos de ellos suena música de arpa china, muy levemente.

La zona central de la ciudad está infestada de turistas. Allí es donde están los salones de nombres rimbombantes, la Suprema Armonía, la Pureza Celestial, etc. Creo que estos nombres megalomaníacos son el resultado de intentar traducir los caracteres chinos tan especiales con los que se nombran estos salones. Aunque hay decenas de miles de turistas, caben holgadamente.

Durante toda la mañana recorre los laterales interiores de la Ciudad Prohibida. Al final, también recorre la zona central para ver lo que todos han venido a ver, los grandes salones. Uno donde el Emperador dormía, otro donde el Emperador jugaba, otro donde hacía el amor, etc. Justo antes de terminar su visita, se pasa por el Jardín Imperial, construido con los desechos de las piedras utilizadas en el resto de la Ciudad.

Al salir por la puerta norte vuelve al mundo real, o casi real, porque el mundo real es Alcalá de Guadaíra, y lo que hay en la puerta sur es una marea humana de chinos agrupados tras líderes con banderitas triangulares alzadas para que nadie se pierda. Motoristas piratas que te llevan a donde quieras por el máximo precio que sean capaces de sacarte.

Al fondo, sobre una colina, se divisan los tejados rizados de otro palacio en medio de un parque. Un día de estos tiene que ir a verlo. Y a la Gran Muralla también. Pero la visita de hoy ya ha terminado, se encamina al hotel para recoger su maleta y volver a Alcalá esa misma tarde.

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