Opinión - 02/09/2013
"Asiático XIII". Paco Pérez
Autor:
Francisco Pérez Caballero

En el aeropuerto de Beijing resolví un pequeño puzle. Yo estaba de pie junto a un guardia de seguridad, en la planta tercera de la terminal tres del Capital Airport, a la salida de pasajeros de vuelos domésticos y entonces me di cuenta de que yo ya había pasado por ahí el día antes.

Hay días que tienen más de veinticuatro horas. En concreto aquel día mío iba a tener treinta y seis horas y justo el día anterior había tenido veintisiete horas. El día anterior fue mi primer día de vacaciones de verano y lo empecé madrugando, como a mí me gusta, para aprovechar el tiempo. Me levanté a las siete de la mañana, desayuné y me fui a clases de chino, a una academia situada en la planta veintinueve, dos pisos más arriba del mío. Después me pasé el día limpiando, para dejar la casa lista para un abandono de un mes. Agua cerrada, gas cerrado, desagües tapados, enchufes quitados y agua extra para el helecho. Ya por la tarde me fui al aeropuerto, a comenzar el viaje de veinticuatro horas Guangzhou – Mairena del Alcor, esta vez a través de Pekín.

Un poco antes de entrar en la boca de metro bajo el rascacielos CITIC Plaza se me pasó por la cabeza que ya no volvería a pisar la calle hasta veinte horas más tarde, cuando saliera a la parada de taxis de la T4 en Barajas. Metro, avión, metro, avión, metro y parada de taxis. Podía llover o hacer un sol radiante que yo no lo vería.

Cuando llevábamos dos horas volando avisan al piloto que hay tormentas sobre Beijing y que el aeropuerto va a estar cerrado hasta que pasen. Lástima, ya estábamos a sólo media hora de llegar. En la pantalla de la ruta del avión se ve cómo la línea azul que hasta ahora se dirigía en línea más o menos recta hacia el destino se quiebra en ángulo recto hacia la izquierda, hacia el oeste, en busca de un aeropuerto alternativo donde aterrizar. Nos tocó Taiyuan. Por las ventanillas de la derecha, las del este, se veían a lo lejos los rayos entre gruesas y oscuras nubes de tormenta, en medio de la noche. Cada vez que veo ese espectáculo no puedo evitar pensar en los pasajeros del vuelo AF 447, que se metió de lleno en una tormenta de las gordas, en medio del Atlántico, y cayó en picado cuando se desconectó el piloto automático y los pilotos no supieron cómo volar con las sondas de velocidad congeladas. Nuestro vuelo sin embargo no iba a acercarse siquiera a la tormenta, el Boeing 747 aterrizó en Taiyuan con suavidad y fue derivado a un aparcamiento de aviones vacío a esperar a que abrieran de nuevo el aeropuerto de Beijing.

Una de las bellezas de China es su capacidad de convertir en mundano hasta los eventos más grandilocuentes, justo al contrario de lo que ocurre en España, que se pretende convertir en grandilocuente hasta lo más nimio. Aquel Boeing 747 de Air china, enorme, con dos cubiertas con cabida para seiscientos pasajeros, inmóvil en un aparcamiento desierto alumbrado por una única farola de luz anaranjada en medio de la noche era algo impresionante. El aire acondicionado no funcionaba con los motores apagados, y hacía treinta y pico grados, así que la tripulación abrió las ocho puertas de emergencia y les puso unas cintas rojas para que no se cayera nadie. Al rato, ya estaban los chinos sentados junto a las puertas jugando a las cartas. Estuvimos allí parados cuatro horas, con la misma parsimonia y paciencia que uno espera un atasco de tráfico de duración indefinida.

A las tres y media de la madrugada se asomó el comandante, grande como un orco, a través de la pequeña portezuela de la cabina de mandos y con un gesto común dijo, nos vamos, ya han reabierto el aeropuerto. Y después se puso en marcha toda la parafernalia del avión, se oyeron anuncios en chino y en inglés por los altavoces, las azafatas cerraron las puertas de emergencia, los chinos apagaron sus móviles a regañadientes y el Boeing 747 despegó mucho antes de lo que lo hacen los Airbus 320, como si fuera una avioneta.

Cuando llegamos a Beijing a las cuatro y media de la mañana evidentemente ya había perdido mi enlace para Madrid y a esas horas está todo cerrado en el aeropuerto, absolutamente todo excepto alguna cafetería de a siete euros el té.

En la larga espera en Taiyuan hice un amigo, un colombiano valiente que sólo hablando español se había venido a China a comprar mercancía para vender en su país. Pero cómo te apañas sin hablar ni siquiera inglés, le preguntaba yo asombrado, y él, con una pachorra propia de cualquiera de los personajes ensimismados de Vargas Llosa, me respondía al cabo de un minuto, pues mire usted, perdiéndome por todos lados. Una vez estuvo veintidós horas perdido en un aeropuerto porque no encontraba la forma de llegar a su siguiente vuelo. Veintidós horas nada más y nada menos. Cuando viaja, su vida se convierte en un Pictionary constante, haciéndole dibujos a todo el mundo y señas para indicar qué quiere, a dónde quiere ir y cuándo. Una locura. Una valentía.

Allí estábamos mi amigo colombiano y yo sentados en el suelo frente al mostrador de Air China, esperando hasta que abrieran a las ocho de la mañana, charlando con pausas larguísimas entre frase y frase. Cuando al fin solucionamos los billetes de nuestros próximos vuelos nos quedaban por delante dieciséis horas de espera a mí y dieciocho a él. Air China nos proporcionó un hotel para descansar, cerca del aeropuerto, pero cuando llegamos resulta que había que o bien compartir habitación, o bien pagar dieciocho euros para tener habitación individual. Pagamos, claro. Éramos compañeros de viaje, pero eso no alcanzaba a tener que compartir habitación si había alternativa.

Allí estaba yo, al final de mi día de veintisiete horas, parado frente a la puerta de mi habitación quinientos ocho, saboreando la inmovilidad de ese momento. El silencio de la mañana era absoluto. Por la ventana del pasillo se veía un descampado interminable lleno de matojos dorados y secos y algunos árboles solitarios desperdigados por su extensión. Por algún motivo se me vinieron a la mente algunos de los momentos inmóviles de la película Fargo. Abrí la puerta, entré en la habitación y me eché a dormir unas horas antes de bajar a comer.

Después de comer salí por el barrio cercano al hotel a comprarle unas especias chinas a mi amiga Inés, volví a la habitación y dormí otras cuantas horas antes de comenzar mi día de treinta y seis horas, un día que fue, al fin y al cabo, un día normal, largo pero normal, mucho avión, tren y coche para hacer Pekín – Madrid – Sevilla – Mairena del Alcor – Sevilla – Barcelona – Mahón, pero nada más. Cuando recogí el coche de alquiler en el aeropuerto de Mahón, a pesar de tantas horas, me encontraba radiante y feliz porque comenzaban mis vacaciones de verdad.

Al comienzo de ese día de treinta y seis horas, cuando todavía estaba en el aeropuerto de Beijing intentando cambiar el itinerario de las maletas que no habían embarcado la noche antes, alguien nos indicó que teníamos que ir a la tercera planta para localizarlas y eso era una lástima, porque la planta que ya me conocía al dedillo era la cuarta planta. En la tercera planta había un follón enorme por una maleta abandonada a la que la policía le había puesto una cinta haciendo un cerco de veinte metros y en cada mostrador al que íbamos a preguntar nos enviaban a otro que a su vez nos enviaba a otro, hasta que en uno de ellos nos dijeron doblad esta esquina de aquí al lado y entrad por la puerta C, ahí estarán vuestras maletas.

De modo que allí estaba yo en la puerta C, junto al guardia de seguridad, esperando a que mi compañero colombiano encontrara su maleta y volviera a salir cuando me di cuenta de que esa puerta que tanto habíamos buscado no era ni más ni menos que la misma por la que habíamos llegado la noche antes a las cuatro y media de la madrugada, en nuestro vuelo retrasado por la tormenta, lo cual era de una lógica aplastante. Las maletas estaban justo donde habíamos llegado y justo donde las habían bajado del avión. Encajó esa pieza y tuve la reconfortante sensación de haber resuelto ese pequeño puzle.

Me pregunto qué habría sido de mi compañero si no le hubiera ayudado yo en medio de ese laberinto. Probablemente nunca habría conocido la cuarta planta y seguiría deambulando por la tercera, a riesgo de que le explotara la presunta maleta bomba o peor aún, de que le acusaran de ser el dueño.

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