Opinión - 28/01/2014
"Asiático XVI". Paco Pérez
Autor:
Francisco Pérez Caballero

Por causas ajenas a mi voluntad me toca quedarme una temporadita por Mairena del Alcor. Hoy hace un mes que estoy por aquí y me quedan por lo menos dos más.

Estar por aquí (Mairena, Alcalá, Sevilla), me hace observar la enorme distancia que hay entre el comportamiento de los chinos y los alcalareños, por ejemplo. Y de lo hondas que son aquí las raíces de lo que en inglés se llama entitlement, el derecho a algo.

Iba yo conduciendo por Alcalá, por la calle José Ortega y Gasset doblando para la calle Eugenio Noel, un poco más arriba del polideportivo y por detrás de lo que era “el Púa” y que ahora es el I.E.S. Doña Leonor de Guzmán, cuando me encuentro con el paso de cebra que hay en ese recodo y a un hombre joven cruzándolo tranquilamente detrás de su perro. No pensé frenar, sino que como iba muy despacio, pensé en coordinar mi velocidad con la suya para pasar justo después de que cruzara él. Cuando el hombre vio que yo no iba a frenar me miró agresivamente, con odio. Él se sabía con el derecho a utilizar ese paso de cebra y de mi obligación de permitírselo sin resquicios.

Ayer por la mañana iba yo cruzando la calle Jaén, en Mairena del Alcor, cuando un motorista entró en contramano y subió toda la calle en dirección contraria. Me sorprendí a mí mismo mirándolo con reprobación. ¡Cómo!, ¡sólo llevo un mes aquí y ya se me ha contagiado el entitlement!

La primera vez que pisé Guangzhou, un taxi casi me atropella mientras yo cruzaba un paso de cebra. Le metí un puñetazo al capó y el taxista abrió la puerta y sacó un pie fuera. Mu malamente tuve que mirarle porque no llegó a sacar el otro. Acabé de cruzar y en la otra acera un señor mayor occidental, probablemente norteamericano por su acento, me estrechó la mano y me dio las gracias por haberle plantado cara al taxista. Curioso.

Ahora, tres años después de esa anécdota, no se me ocurre cruzar un paso de cebra en Guangzhou si vienen coches, ni mucho menos enfrentarlos por estar haciendo algo que está socialmente admitido en China: el peatón no tiene la preferencia. Ni siquiera en los pasos de cebra.

Pasa igual con hacer cola. En Bangladesh no se hace cola prácticamente en ningún sitio. Yo he estado comprando billetes de tren en Dhaka, o de autobús en Chittagong, levantando la mano junto a veinte personas más frente a una maltrecha ventanilla con cincuenta años de desgaste, de uso, de muescas. Billetes al mejor postor, billetes al azar. Sólo en algunas sucursales bancarias se hace cola, esa práctica extraña y extranjera, bideshi.

Cuando un chino obliga a otro a respetar la cola, el amonestado refunfuña siempre “malditas costumbres modernas”.

Todo esto me lleva a reflexionar sobre la parte positiva del no entitlement, de no creerme con derecho a nada, de entender que el mundo es una jungla más o menos amable donde prefiero entender cada situación por separado, sin creerme con derecho a cruzar un paso de cebra y cruzándolo cuando se puede, rápido, ágil, con mil ojos, gracias por dejarme pasar, no porque yo tenga el derecho, sino por tu amabilidad. Sin derecho a nada, ni a una casa, ni a un trabajo, ni a un subsidio de desempleo, sólo lo que consigo arañarle al mundo en el que vivo. Es más cansado, pero también más vital. Al fin y al cabo para qué estamos aquí sino para vivir.

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